Enrique VIII de Inglaterra y el camino prohibido

El Camino Inglés goza hoy en día de una gran salud en lo que al número de peregrinos se refiere, pero desde sus comienzos tuvo momentos que no fueron tan sencillos para aquellos que querían llegar al Apóstol desde el Reino Unido.

Hubo un tiempo en el que las tensiones políticas de la época, el amor y la religión se entrelazaron para cerrar las puertas de Santiago a los devotos británicos. El gran responsable de este suceso tiene nombre y apellidos: el rey Enrique VIII de Inglaterra.

Durante la Edad Media, las Islas Británicas fueron uno de los principales focos de emisión de peregrinos hacia Santiago de Compostela. Aunque los viajes por mar estaban llenos de peligros, su rapidez los hacía mucho más directos que cruzar toda Europa a pie. Puertos como Southampton o Plymouth veían, a lo largo de los meses, cómo los barcos partían hacia Galicia repletos de peregrinos que acababan llenando las villas gallegas, en lo que podría reconocerse como la época de oro del Camino Inglés.

Pero esta situación cambió rápidamente a comienzos del siglo XVI. Enrique VIII de Inglaterra, un rey obsesionado con asegurar un heredero varón para la corona y enamorado de Ana Bolena, solicitó la anulación de su primer matrimonio con Catalina de Aragón al Papa Clemente VII, quien respondió de forma negativa a su petición. El monarca inglés no vio con buenos ojos lo sucedido y tomó la drástica decisión de promulgar en el año 1534 la conocida como Acta de Supremacía, que rompía las relaciones con la Iglesia católica.

Esta situación religiosa provocó consecuencias devastadoras para el Camino Inglés. El naciente anglicanismo, seguido más tarde por el puritanismo protestante, rechazaba cualquier culto a los santos o veneración de reliquias y, por supuesto, las peregrinaciones. En el año 1538 el golpe fue definitivo y Enrique VIII terminó por prohibir expresamente cualquier peregrinación. Estos viajes estaban penados con la cárcel o incluso la muerte, por lo que las poblaciones gallegas se vaciaron de ingleses, con consecuencias inmediatas como la disolución de hospederías y monasterios, junto con la clausura de cofradías inglesas que ayudaban a financiar a los peregrinos.

Tuvieron que pasar más de cuatrocientos años para que el Camino Inglés recuperase finalmente su vitalidad. La ruta resucitó con fuerza, atrayendo a personas de todo el mundo, incluyendo de nuevo a miles de británicos e irlandeses, que buscan vivir con sus propios cuerpos la belleza paisajística, el patrimonio histórico y la profunda experiencia personal que ofrece este recorrido.