Cuando pensamos en el Camino Inglés, nuestras mentes se dirigen de forma casi automática hacia las rías del norte de Galicia, al verde intenso de la provincia de A Coruña y a los grandes barcos cargados de viajeros procedentes de las Islas Británicas.
Pero, ¿alguna vez te has preguntado quién fue el pionero de este gran camino? Hoy tenemos que viajar en el tiempo, hasta el siglo XIX, para conocer el nombre de San Godric de Finchale, considerado tradicionalmente como el primer peregrino británico del que se tiene constancia de haber llegado hasta Santiago de Compostela.
Godric, nacido en Norfolk hacia el año 1065, tiene una vida que podría haber sido sacada de una novela de aventuras. Antes de retirarse como ermitaño y ser venerado como un santo, fue todo un lobo de mar. Comenzó trabajando como vendedor ambulante, y su ambición lo llevó a convertirse en un gran mercader marítimo y, según apuntan algunas investigaciones de la época, incluso en pirata. Navegó sin descanso por los mares del norte de Europa, y la gran inmensidad de las aguas, el aislamiento y los peligros constantes de la vida marinera forjaron en él una profunda espiritualidad. Tras tres años acumulando riquezas, sintió una llamada interior irrefrenable que lo llevó a deshacerse de sus bienes, perdonar a sus enemigos y comenzar una incesante búsqueda de redención.
A principios del siglo XII, se calcula que entre los años 1102 y 1106, mucho antes de que el camino contase con la infraestructura que hoy en día conocemos, Godric emprendió su travesía desde Durham. Después de Jerusalén y Roma, fijó su rumbo hacia el fin del mundo conocido: Santiago de Compostela. El viaje en aquel tiempo era una auténtica locura. Cruzar las heladas aguas del mar Cantábrico, en una embarcación de madera medieval, no era tarea fácil para nadie. Los fuertes temporales, las enfermedades, el hambre y las amenazas de otras naves eran los principales peligros de aquel viaje.
Aunque no existen registros del puerto en el que Godric tocó tierra firme, la lógica de la navegación de la época hace pensar que el de A Coruña o el de Ferrol eran los puntos de desembarco naturales. Una vez allí, cambió el inestable navío inglés por la firmeza de las verdes tierras de Galicia. Caminó por los mismos senderos, espesas fragas y puentes de piedra que hoy en día miles de peregrinos recorren hasta finalmente situarse ante el sepulcro del Apóstol.
El nacimiento de una ruta milenaria
Aunque el viaje de Godric pudo parecer una hazaña solitaria, no tardó en ser secundado. Su regreso a Inglaterra y las historias de su peregrinación fueron el punto de partida de una gran tradición. Con el paso de los años, cada vez más barcos cruzaban los mares cargados de devotos que podían ser tanto ingleses como irlandeses, escoceses o incluso escandinavos, que, de camino a Tierra Santa o incluso a la Península, hacían una pausa en su viaje para rendir tributo al Apóstol en Santiago.
Las guerras y la inestabilidad política de Europa convirtieron el tránsito por tierra a través de Francia en un viaje con muchos peligros, haciendo que la ruta inglesa terminara siendo una de las preferidas por los devotos del norte Los puertos de A Coruña y Ferrol se llenaron de peregrinos y la sociedad gallega se adaptó rápidamente a esta nueva normalidad con la creación de hospitales, órdenes religiosas y monasterios a lo largo del camino para dar “asistencia” a los caminantes.
En la actualidad, cuando un peregrino llega al norte de Galicia y comienza a caminar hacia Compostela, no hace más que seguir la línea invisible que San Godric de Finchale trazó hace casi mil años.